Globalización en el arte

Alan Cabrera

Por Alan Cabrera

Partiré desde las aseveraciones planteadas en el documento de los lineamientos para dar pauta a este ensayo, citándolas y desglosando cada una de sus fibras:

“Es posible que el núcleo espiritual del arte no exista. Lo que sí es concreto es la existencia del Lujo, el Entretenimiento y el muy explotable Deseo de Verdad Espiritual.”

Cuando escuchamos o leemos la palabra “ARTE” es difícil que pensemos en algún concepto escindido a lo intangible, aun si se trata de algo tan evidente a los sentidos como una escultura, una pintura o una coreografía; me refiero, pues, a la esencia creadora que mora en cada obra, ese mensaje que escribe el artista. Pensamos en esa esencia incluso si no creemos en ella, tal vez porque desde siempre se nos ha enseñado que el arte, como categoría cultural, tiene como finalidad lograr esa comunicación estética codificadora de un significado espiritual.

Los tiempos cambian, las generaciones son distintas, la sociedad adopta y da nuevos valores a las categorías culturales, y con ello cambia, por tanto, el valor estético del arte. En esta era la globalización toma un lugar fundamental al momento de establecer los preceptos de valor estético para la decisión de los “consumidores” del arte. Compradores con educación artística; críticos que sostienen al arte contemporáneo con discursos especulativos pobremente fundamentados; compradores sin educación artística que creen en lo que dicen estos críticos; masas de espectadores que desde la palma de su mano pueden visitar virtualmente los museos más famosos del mundo y escuchar las obras de miles de artistas poco conocidos; “artistas” emergentes que educan a las masas, cada uno con su propia visión de lo que es el arte; todo esto ha hecho que la línea entre el arte, el lujo y el entretenimiento se torne cada vez más delgada.

Un recital en donde una orquesta interpreta temas de videojuegos y de películas taquilleras ¿es arte o es entretenimiento? Probablemente si vas a la calle y haces esa pregunta a cualquier persona la verás enredada tratando de pensar en la respuesta, y es precisamente esa vacilación la que ha sido creada por tanta información y contenido disponible a todos de manera tan fácil. Si preguntas eso mismo a alguien que ha estudiado música como arte (lo que implica su historia, estética, estilos, propuestas, el ethos y el pathos de los compositores, etc.) seguramente responderá a la brevedad diciendo que es entretenimiento. ¿En qué basa ese erudito su respuesta? En que hay una gran diferencia entre el “arte de la música” y la “industria de la música”, y en que no es lo mismo estar “infoxicado” con tanto conocimiento disponible al mundo que haber desarrollado un criterio fundamentado con la experiencia estética que sólo puede ser proporcionada por la calidad artística de las verdaderas obras.

Hoy día podemos vender a los altos mandos cualquier festival lleno de coreografías bonitas y banales, eventos que involucren elementos tecnológicos como el video mapping y realidad aumentada y, a decir verdad, cualquier acto de circo carente de valor artístico diciendo que es arte. Desde luego lo comprarán para venderle a las masas la idea de que se trata de arte, precisamente porque no es arte, sino circo para el pueblo. Nada más. Y ahí es donde afecta al deseo de Verdad Espiritual de las personas, en medio de esa búsqueda de identidad colectiva e individual, pero al mismo tiempo en medio de la confusión e indiferencia por saber si lo que les están presentando es arte o vil entretenimiento. Esa sensación orgiástica de pertenencia y excitación emocional que se crea en ambientes donde hay música barata y fuegos artificiales hace creer que se trata de una auténtica experiencia artística-espiritual a quienes sólo buscan pasar un buen rato, descansar de una agotadora y tediosa jornada obrera o distraerse de la cotidianeidad; y como estamos tan acostumbrados al ideal de una “sociedad democrática” (esta falacia funciona gracias a la simple naturaleza humana del gregarismo), la mayoría, insatisfecha de esta verdad espiritual, se conforma con ese burdo espectáculo.

 Tal vez la manera más sencilla para distinguir entre el arte y el entretenimiento, independientemente de su costo material e intelectual, es formularse la proposición de que el entretenimiento duerme a la gente y el arte despierta a las personas.

Por un lado, se menciona que algunas galerías tienen más autoridad cultural que otras, pero ¿en qué se basa esa autoridad cultural? Se basa en una idea que tiene más de doscientos años de antigüedad. Antes del internet, la televisión, la radio y la imprenta, existía la idea de que la mejor manera para que la cultura enriquezca nuestras vidas era mediante la selección de un pequeño grupo de personas, mismas que elegirían la obra y la pondrían en un espacio determinado para que nosotros la visitemos ¿Deberíamos cuestionar esa idea? ¿Deberíamos respetarla?

Primeramente, cabe preguntarse ¿en qué conocimientos se basaba ese “pequeño grupo de personas” para decidir qué obra debía trascender como arte? Y ¿Con qué sabiduría descartaban aquellas obras que hasta nuestros días han quedado veladas a nuestro conocimiento?

¿Por qué continuar magnificando a Mozart y a Frida Kahlo en lugar de reconocer también a muchos de sus contemporáneos que artísticamente trascendieron mediante sus obras?

¿Por qué esperar a que Van Gogh muriera para que sus obras dieran un vuelco exorbitante de valor económico?

¿Por qué insistir en presentar “El cascanueces” cada navidad en lugar de dar oportunidad a diversas obras escolásticas como “La infancia de Cristo” de Berlioz u obras contemporáneas como la “Celebración navideña” de Karl Jenkins?

La respuesta radica nuevamente en el camino bifurcado de la globalización cultural: por un lado se encuentra la esfera de la sobreinformación disponible a las masas y por el otro lado se encuentra la esfera de la información selecta que la élite impone a las masas. Esta segregación de poderes (el poder de los altos mandos y el poder de las masas) no cesará de tirar de la soga, cada uno hacia su lado, hasta que llegue el día en que uno de los dos logre ser más fuerte y/o estratégico y derribe al otro, o hasta que llegue el día en que la soga reviente.

¿Qué podemos esperar del día en que esto suceda?

De lo bonito y lo banal a lo grotesco y lo profundo puede haber una enorme distancia.

Si las masas ganan podemos esperar una globalización total de la que nazcan millones de generadores de contenido volátil apto para una sociedad posmoderna; desde la cuál cada individuo, por el hecho de tener los medios tecnológicos básicos-adecuados, podrá sentirse con el derecho de “ser artista” sólo porque se le ocurra. Podemos esperar una combinación aberrante entre lo bonito-banal y lo grotesco-banal. Será una suerte si entre todo ese lodo llegásemos a encontrar algo realmente bello y profundo considerado desde una filosofía del arte trascendental. Podemos esperar nuevos conceptos líquidos que den un nuevo sentido y valor al arte.

Si la élite (cuyos integrantes, hoy día, tienen una formación artística carente) “gana” podemos esperar todo lo anterior (porque en realidad las masas tienen las de ganar) más lo mismo de siempre, es decir, la misma “educación artística” que se imparte a la sociedad desde la educación básica (por supuesto, considerando que generalmente es escasa o, de plano, nula) y, por tanto, el mismo circo y cliché cultural. De ambos resultados podemos esperar también un efecto de rebote, siempre existirá una reacción hacia los sucesos.

Tomemos, pues, lugar en un bando (o al menos un criterio decisivo respecto a la globalización artística y cultural) y escribamos la Historia de la mejor manera posible.